Si algo caracterizó la relación que tuve con el
PA fue el sexo. Sexo del bueno, del que pocas veces se consigue.
Era como si ambos encontráramos en el otro los más altos niveles de calentura. Apenas un beso alcanzaba para prender fuego. Las manos corrían por todos lados, las piernas parecían no existir, los límites parecían borrarse. La perversión, de esa buena, de esa totalmente
calentante.
Desde el primer beso hasta el último, nunca hicimos el amor. Siempre fue de lo otro. De esa otra forma de encontrarse, donde no hay amor sino dos cuerpos que no pueden evitar estar uno encima del otro, uno adentro del otro. Era salvaje, era bruto, era sexo puro.
Nunca nadie había generado en mi eso. Mis relaciones carnales anteriores a él habían sido tan distintas! Y no malas. Distintas. Pero con el
PA, nos dedicábamos a provocarnos, a buscarnos, a
desafiarnos para ver cuándo el otro cedía.
No había respiro. No había sueño. No había horarios. No había lugar que nos limitara. Eran las tres de la mañana de un martes y alguno de los dos empezaba el juego, y eso alcanzaba para que en 20 minutos el
PA estuviera en la puerta de mi casa.
No alcanzábamos al ascensor, no alcanzábamos a la cama, no alcanzábamos.
Y después, venía la calma, y el drama.